Branding

Esto va de sensaciones.

La verdad que decir que hacemos branding es un poco osado. Ojalá pudiéramos. El branding empieza en el momento en que alguien conoce la existencia de un producto. O incluso podríamos ir más allá, diciendo que en ocasiones empieza desde el momento en que una persona conoce a otra, y ahí comenzaría una marca personal.

Al entrar en una Apple Store en un edificio singular con un merchandising determinado, o al pasar por una tienda de Uterqüe con un intenso olor madera tratada, o cuando escuchas un jingle y sigues con el eslogan I’m loving it!… ya se hace sentir la marca.

El proceso –en ocasiones ritual– de compra , el asesoramiento, el pago, la postventa… todo es branding y en definitiva percepción de marca.

Como las personas, las marcas tienen un carácter, una filosofía, más o menos acertada. Son egoístas o solidarias, frescas o rancias, divertidas o serias y esto es en esencia un reflejo de su público, porque una marca debe ser lo que su público espera de ella. ¿Qué poca personalidad, verdad? No del todo, las marcas tienen una influencia y con sus productos y actitudes pueden modificar comportamientos y hábitos de consumo.

El branding que hacemos nosotros puede llegar al aspecto que la marca ofrece a sus clientes –si va de traje o camiseta de manga corta–, a la hora forma de comunicarse –si le trata de usted o te choca las cinco como buenos colegas–, o pensar qué le gustaría al cliente que hiciera la marca por él.

Pero siendo sinceros el branding es mucho más de lo que hacemos nosotros.